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ARTÍCULOS

Las funciones de la Iglesia

Las tareas y responsabilidades de la Iglesia se determinan por la naturaleza de ella. Como la Iglesia es el pueblo de Dios, encuentra su razón de ser no en sí misma, sino en servir para la gloria y el honor de Dios (Rom. 11:36; 1 Cor. 8:6). Y es, por lo tanto, nuestro deber como creyentes reconocer entonces cómo sirve la Iglesia a la gloria de Dios.


La Palabra nos manifiesta muchas cosas que la Iglesia hace o debe hacer para servir a la gloria y honor de Dios. De tal manera que identificaremos cuatro de ellas, para nuestra reflexión y posterior aplicación de ellas en nuestra vida cristiana. Vamos a comenzar hablando acerca de la Adoración consciente que se debe entregar a Dios, en todos los aspectos de la vida cristiana, y como esta función eclesial bendice, impulsa y consolida nuestra relación con Dios.


En el Nuevo Testamento, además de las muchas expresiones de la práctica de la adoración (Mt. 6:9; Mr. 14:12) y de numerosas doxologías (Rom. 11:33-36; Ap. 1:5). La adoración también aparece como fundamental en el orden celestial (Ap. 4:8-11; 7:9-12). Además, de que la Iglesia es una compañía de sacerdotes que traen a Dios… un sacrificio de alabanza. (Heb. 13:15; 1 Ped 2:5), que consiste en que los creyentes dediquen sus vidas continuamente a honrar a Dios con su forma o manera de actuar, hablar y pensar en el contexto de la comunidad de la Iglesia local, como también en el contexto de la vida pública que se proyecta al mundo y por supuesto que en la esfera de la vida privada, cuando debemos anhelar estar con Dios en intimidad. La adoración a Dios, es mucho más que cantar alabanzas en un culto de carácter espiritual, es mucho más que glorificar a Dios con nuestras manos o con todo nuestro cuerpo. La adoración es un estilo de vida que como prioridad y gran objetivo contiene exaltar el nombre de Dios y sus atributos, a través de la piedad, santidad y fe sincera de un corazón transformado por el evangelio que es bendecido al consolidar de esta manera su relación con Dios.[1]


Para seguir avanzando en este artículo, es necesario que observemos la función que tiene la Iglesia como una comunidad que tiene que convivir en estrecha comunión. Pues la palabra, nos comunica en Romanos 15:7 que debemos “aceptarnos mutuamente, así como Cristo nos aceptó a nosotros para gloria de Dios”. La comunión de los creyentes, por lo tanto, está estrechamente ligada a la glorificación de Dios y en consecuencia, su énfasis es algo diferente del uso general que se le da a la palabra “comunión” o “compañerismo”. Aunque este significado del concepto aporta a nuestra reflexión, debemos afirmar que la comunión del pueblo de Dios se basa en una participación común en la vida de Dios (1 Jn. 1: 3, 7). Era una característica notable de la Iglesia desde sus comienzos (2 Tes. 1:3). Sin embargo, no era indiscriminada; podía ser eliminada en casos de extrema mala conducta (1 Cor. 5:4) y no se extendía a los que negaban la enseñanza de los apóstoles (Hch. 2:42; Gál. 1:8).[2] Su expresión fundamental era el amor desinteresado por los hermanos (1 Cor. 13) del que Jesús habló como la marca característica de la nueva comunidad (Jn. 13:34) y como un medio para traer al mundo a la fe en su mensaje (Jn. 17:23).


La comunión nuevo-testamentaria también implicaba la práctica de la hospitalidad (Heb. 13:2; 1 Ped. 4:9); sobrellevar las cargas y los problemas de los demás (Gál. 6:2); el estímulo mutuo (Heb. 10:25); y la oración de los unos por los otros (Fil. 1:9-11,19). Encontrando su expresión más significativa en la Cena del Señor (1 Cor. 10:16).


Ahora bien, para concluir con nuestro comentario acerca de esta función que es distintiva de una Iglesia bíblica y fiel al Señor Jesucristo, es importante mencionar que, evidentemente la Iglesia tiene pocas cosas de mayor pertinencia para ofrecer al mundo que el secreto de una genuina relación humana. El llamado a experimentar y compartir el amor bíblico con otros; especialmente con las personas de la familia de la fe, representa uno de los retos o desafíos más serios que Cristo presenta y ordena realizar o ejecutar a su Iglesia.


El ministerio es también uno de los aspectos en que toda la Iglesia está inmersa, ya que es una función o labor que requiere del trabajo, disposición y entrega de todos los miembros de una Iglesia en las distintas áreas del desarrollo eclesial. La Iglesia primitiva estaba dedicada al servicio, otro medio de glorificar a Dios (1 Ped. 2:12). A diferencia del mundo gentil donde la grandeza se equiparaba con la autoridad y el poder para presionar, Jesús enseño que la grandeza se encontraba en el servicio humilde (Mr. 9:33-37). Esto contrasta radicalmente nuestras actitudes hoy día como lo hizo con las de los discípulos: el servicio no es la vía o la base para la grandeza, entendida de la manera común; más bien es la grandeza. Detrás de esto está el ministerio de Jesús mismo: “ni aun el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir” (Mr. 10:45).[3]


El Mesías siervo llama a la Iglesia a identificarse con Él en la comunidad sirviente. Esto significa que todo verdadero creyente estará dispuesto a realizarse en la vida sirviendo a otros de forma humilde y sincera, ya que en esto consiste el ser Iglesia: servir a los demás creyentes desde la posición que Dios nos haya colocado en la congregación de los santos que ha escogido para salvación. De tal manera, que estando en la posición de hermanos o pastores de una congregación debemos ser conscientes de que el llamado de Dios es claro y concreto. Nuestras vidas deben estar dispuestas a servir con los dones, habilidades, talentos y/o destrezas que Dios nos ha proporcionado por pura gracia a través de su Espíritu, para el desarrollo y consolidación de su Iglesia en todas sus facetas, sean estas; morales, congregacionales, relacionales, evangelistas, entre otras.


Por último, quisiera que reflexionemos en la importante responsabilidad que posee la Iglesia en cuanto al testimonio. Esta función de la Iglesia consiste en un llamado a testificar, ya que es la base de las instrucciones finales de Jesús a sus apóstoles (Hch. 1:8), y en Pentecostés se pusieron manos a la obra con esta tarea. No es que la Iglesia de Jerusalén se dedicara inmediatamente a la evangelización mundial; se requirió el martirio de Esteban y el ministerio de Pablo para que la Iglesia se enfrentara con la dimensión total de su responsabilidad. Pero a medida que se desarrolla el relato de los Hechos, se va llevando a cabo el programa del Maestro: “serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”. (Hch. 1:8).


Vale la pena observar que la responsabilidad de testificar, llevando adelante la tarea apostólica, descansa en primer lugar sobre la comunidad apostólica, la Iglesia. Aunque el individuo es responsable de testificar entre sus amigos, colegas o vecinos; la Iglesia colectivamente es la que está comisionada en primera instancia. En consecuencia, el primer nivel de aplicación es el de la congregación local. Cumplimos una parte esencial de nuestra responsabilidad personal como testigos de Cristo en el mundo, poniendo nuestro esfuerzo, nuestras oraciones y nuestras ofrendas al servicio del programa evangelizador de la Iglesia local a la que pertenecemos; esto puede ser particularmente significativo para quienes encuentran difícil el testimonio personal.[3]


Ahora bien, la idea de “testificar con la vida” o “que mi vida hable por mí” no comunica realmente el significado de hacer una defensa del evangelio bíblico, que claramente Dios se encarga de preservar y resguardar, pero lo hace; capacitando y utilizando a los creyentes para el ejercicio con autoridad de la defensa argumentativa y razonada del evangelio bíblico que han recibido por gracia.[1] Por supuesto, nuestra vida tiene que corresponder a nuestra profesión de fe, pero la tarea encargada a la Iglesia por Jesucristo implica la declaración verbal del evangelio bíblico, aun cuando los términos totales de la comisión de Jesús sean más amplios (Mt. 28:19; Jn. 20:21; Hch. 10:42).


En el testimonio la atención siempre debe ir dirigida a la obra objetiva de Dios en Cristo. Desafortunadamente, muchas veces el testificar se identifica con relatar la forma en que uno ha llegado personalmente a la fe en Cristo. Sin duda, en algunas oportunidades el relato del trato de Dios con nosotros puede ilustrar y autenticar provechosamente el testimonio que ofrecemos, pero lo esencial de testificar reside en llevar a las personas a Cristo, procurando confrontarlas con su obra salvadora.[2]


Por lo tanto, la tarea que tenemos por delante mis hermanos, es ardua, pero provechosa para la Iglesia, ya que siempre obedecer a Dios acarrea bendición para un corazón que ha sido redimido por Cristo. El trabajo, las funciones y/o responsabilidades que posee la Iglesia, y que hemos observado en este artículo son de un carácter digno y honroso, puesto que solo el hecho de trabajar para el Señor en su reino es un acto de gracia que Dios nos permite experimentar, ya que ni siquiera podíamos acercarnos a Él por causa de nuestro pecado, y que hoy nuestro Señor Jesucristo se haya compadecido de nosotros salvando nuestras almas del infierno y además, darnos la posibilidad de ser su Iglesia, haciéndonos partícipes de su reino que Él ha establecido para que podamos servir con el evangelio bíblico a otros miembros de la Iglesia, como también a los incrédulos que no han querido acudir a Cristo en arrepentimiento y fe, siendo esto, uno de los motivos por los cuales Él ha constituido su reino en la tierra a través de su Iglesia. Con el objetivo, de que única y exclusivamente Su nombre, persona, carácter y atributos sean reconocidos, honrados, exaltados y confesados por toda persona que está destinada a la salvación de su alma, que ha sido provista por Dios el Padre en Cristo. “Esta es la palabra de fe que predicamos: “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. Pues la Escritura dice: Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado”. (Rom. 10:8b -11).

 
[1] B. Milne, Conocerán la verdad; un manual para la fe cristiana (Ediciones Puma, 2008). [2] E. Clowney, La Iglesia (IVP, 1995). [3] J. Piper, Que se alegren las naciones (IVP, 1994).
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