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CAPITULO 1

¿Tú me lavas los pies? En un mundo como en el que vivimos hoy, esta acción se ve muy lejana y poco probable. Pero en los tiempos de Cristo, esta acción era bastante común y necesaria, ¿de qué estamos hablando?

El lavamiento de los pies.


Debemos de destacar que esta acción solamente era realizada por la persona de menor rango que viviera en el hogar, en este caso los sirvientes o esclavos. Con esto ya nos podemos dar cuenta que no todos harían esto. Dentro de la cultura judía, entre ellos no podían lavarse los pies dado que era una de las acciones más humillantes de ese tiempo. Esto era tan importante, que el llegar a un hogar judío y no se presentara este servicio podía tomarse como una descortesía, Cristo en San Lucas 7:44 le dice Simón el fariseo 44Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.1


Para que contextualicemos un poco, en los tiempos de Cristo, no existía ningún tipo de calzado como el que conocemos hoy. Era una sandalia abierta, la cual transitaba por tierra. Imaginemos un poco esta imagen… ¿nos damos cuenta de lo necesario y también de lo humillante que era realizar esta acción?


Cuando vemos el evangelio de San Juan en su capítulo 13, nos encontramos con este hermoso relato en el cual Cristo, siendo Dios encarnado en la tierra realiza esta acción con sus discípulos.

Ellos se preparaban para celebrar la Pascua, una de las fiestas más importantes para el pueblo judío y que ese día tuvo un realce mayor. El evangelio de Mateo nos entrega mayor detalle de un suceso que acontecido antes de que Cristo realizara el lavamiento de pies. Los discípulos discutían de quien iba a ser el mayor en el reino de los cielos. Una conversación que de humildad no tenía nada y Jesús con esta acción le dio una bofetada y una gran enseñanza a cada uno de ellos por pensar de esta manera.


Miremos ahora lo que estaba sucediendo en el aposento alto, ya todos instalados y cenando (como nos dice S. Juan 13: 2) Cristo se levanta de la mesa, se quita su manto, toma una toalla, pone agua en un lebrillo (recipiente para el agua) y comenzó a lavar, enjuagar y secar los pies de los discípulos.


Al entrar en el aposento alto, ninguno de los discípulos realizó esta labor, debido al orgullo que había en ellos, nadie quería tener el rol de ser inferior.


Pero algo que aún no entendían los discípulos era que en el aposento alto no existía una categorización entre amo y siervo, Cristo les demostró que aun el más grande, por amor, debe servir a los demás.


Me imagino la mirada atónita de cada uno de ellos al ver lo que su Maestro estaba realizando en ese momento, el hijo de Dios humillado por amor a los suyos, un amor en extremo (San Juan 13: 1). La Palabra nos muestra la reacción de Pedro ante esta situación, es una respuesta rápida, Pedro no comprendía lo que Cristo estaba realizando en ese momento y responde en el verso 6 Señor, ¿tú me lavas los pies?2


En la mente de Pedro no podía caber que el hijo de Dios estuviera realizando esta tarea, Cristo estaba ocupando el lugar de Siervo con sus discípulos. En una tarea que no sería la más humillante realizada por Cristo, ya que más adelante el moriría crucificado como un malhechor. Pedro al negarse a Cristo realizara esto, le dice: No me lavarás los pies jamás.3

Y la respuesta de Cristo es lapidaria: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.4


Si él no se dejaba servir por Cristo, él no tendría parte con Cristo. (S. Michelén)


Esta acción tiene una enseñanza poderosa y hermosa, la cual la encontramos en los versos próximos:


¿Sabéis lo que os he hecho? 13Vosotros me llamáis Maestro, y Señor; y decís bien, porque lo soy. 14Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. 15Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. 16De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. 17Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis.5


Estos versos nos revelan cual debe ser nuestra actitud frente a nuestro prójimo, frente a nuestro hermano o hermana. Nuestra VIDA no debe ser la de personas orgullosas, las cuales compiten en vez de servir, ¿no hemos entendido que nuestra misión sobrepasa todo orgullo humano?


Solo nos resta recordar el sacrificio hecho por Cristo, recordar que abandonó Su Gloria en los cielos, para venir a morir de la peor manera posible de ese tiempo, por ti y por mí.


La pregunta con la cual cerramos hoy:

¿Estás dispuesto a lavar los pies de tu hermano?




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