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La Oración: “Adoración”

“Reconoced que Jehová es Dios; él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos; pueblo suyo somos, y ovejas de su prado. Porque Jehová es bueno; para siempre es su misericordia, y su verdad por todas las generaciones”.


(Salmo 100:3, 5).


La oración es un medio de gracia del cual debemos apropiarnos mientras nos ocupamos en nuestra salvación con temor y temblor. Ahora bien, la naturaleza misma de la oración lo identifica como un medio de gracia, porque el Padre ha ordenado que sus hijos reciban las preciosas bendiciones de su gracia por medio de la petición de ellos. “Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7:7-11) Y Él ha ordenado que sea de esa manera porque Él es glorificado al demostrar a Sí mismo ser la fuente todo-suficiente que cumple con cada una de nuestras necesidades.


Warfield comenta que, además de servir como un medio de obtener las bendiciones divinas, aunque el acto mismo de humillarnos ante Dios y expresar nuestra dependencia de Él en oración ejercita el alma en la gracia. “La oración por la naturaleza de la misma: es una confesión de debilidad, necesidad y dependencia. Es un grito de ayuda. Y nadie puede tomar esta actitud una vez sin un efecto sobre su carácter, porque en ella aprendemos a apartar la mirada de nosotros mismos a uno más elevado o mayor y reconocer nuestra total dependencia de Dios.”[1]


Es de esta manera que la dependencia en Dios que nos permite la oración debiera impulsarnos a que nuestras oraciones manifiesten adoración permanente hacía nuestro Dios. De tal forma, que nos concentremos únicamente en Dios, en sus cualidades eternas e inmutables: su poder, fidelidad, amor y todos los atributos que forman parte de su carácter. Nuestra actitud no se caracteriza tanto por recibir, sino por estar listos para dar o entregar a Dios nuestra vida en adoración a Él. Nos ofrecemos a nosotros mismos.


Muchos de los Salmos escritos por David son oraciones de adoración. Cuando él adoraba y alababa a Dios, lo hacía por lo que Él es. “Jehová reina… Jehová… es grande… Él es Santo” (Salmo 99: 1-3).


Por lo tanto, mis hermanos, creo que es bueno y provechoso para nuestra vida espiritual comenzar nuestros momentos de oración con adoración. Nuestro Señor Jesús lo hizo cuando les enseñó a orar a sus discípulos. Antes de llevarle peticiones a su Padre, Jesús primero honró o glorifico en alabanza. El pronunció: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. (Mateo 6:9-10)


También es necesario que sepamos hermanos, que hay al menos tres cosas que suceden cuando adoramos a Dios. Primero, nos posicionamos en el lugar privilegiado que nos otorga Dios como sus hijos. Segundo, colocamos a nuestro enemigo, el diablo, en su lugar; ya que estamos testificando que Satanás no tiene autoridad alguna sobre nosotros, pues nuestra vida le pertenece a nuestro Creador, el único Dios verdadero. Y por último, cuando adoramos a Dios a través de la oración, estamos agradando su nombre y su persona. “La oración de los rectos es el gozo de Jehová”. (Pr. 15:8). Esta realidad es hermosa, ya que el saber que Nuestro Dios se deleita y se complace en nuestras oraciones, es una bendición y respuesta para nosotros, sus escogidos.[2]


Sin duda, es por las razones que mencionaba anteriormente, que Dios ha establecido la oración, el clamor, la súplica, las peticiones como un medio o un canal de comunicación, en el cual los creyentes pueden expresar una conversación que esencialmente contiene gratitud, adoración, arrepentimiento y ruego. Obteniendo de parte de Dios en dicha conversación, su oído atento a nuestras palabras generando respuestas concretas, provechosas y saludables para nuestros corazones, las cuales glorifican su nombre y su persona. “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces”. (Jeremías 33:3).

 
[1] Obras escogidas de Benjamín Warfield, “La santificación total”. 1881, Editorial Clir. [2] Global University, Como adorar en la oración, lección 3; “Adoramos con nuestras palabras”, pág 20.
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