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“Fe más allá de las circunstancias”

A lo largo de nuestro peregrinar en esta tierra, todos en algún momento tendrán que enfrentar algún problema o alguna dificultad. En algún momento surgirán problemas laborales, en el colegio, con la familia, con la pareja o enfermedades que nos quitarán el sueño por algunos días. También nos enfrentaremos a dificultades emocionales y psicológicas u otras dificultades en nuestra vida cristiana.

A lo largo de nuestro peregrinar en esta tierra, todos en algún momento tendrán que enfrentar algún problema o alguna dificultad. En algún momento surgirán problemas laborales, en el colegio, con la familia, con la pareja o enfermedades que nos quitarán el sueño por algunos días. También nos enfrentaremos a dificultades emocionales y psicológicas u otras dificultades en nuestra vida cristiana.

 

Pero el más grande problema de esto surge cuando estos problemas o dificultades no cesan, ya que es ahí cuando nos comenzamos a cuestionar nuestra fe en Dios, y es que a veces, erróneamente, determinamos el grado de nuestra fe en base al momento de nuestra vida que estamos atravesando.

 

Esto quiere decir que, si estamos pasando por tiempos de gozo, salud y bendición constantes, nuestra fe es grande, pero en el caso contrario, si estamos pasando por tiempos de adversidad y enfermedad constantes, quiere decir que mi fe es poca. A veces, por ese modo de pensar, se llega hasta el punto de cuestionarse realmente si creemos o no en Dios, si soy hijo de Dios o no. Un pensamiento que puede aparecer en esos momentos es: ¿Acaso no tengo fe? Porque oro a Dios y sigo en la misma condición.

 

¿Por qué se llega hasta ese punto? Se debe a desconocer lo que Dios nos dice acerca de las adversidades, y también a sacar fuera de contexto algunos versículos de las Escrituras.

 

Por ejemplo, a través de la Palabra de Dios sabemos que, si tenemos fe, aunque sea tan pequeña como un grano de mostaza, podremos hacer cosas imposibles, entonces si las cosas no suceden ¿Qué vamos a pensar? Pues que mí fe no alcanza ni siquiera el tamaño de un grano de mostaza. Mateo 21:22 nos dice que todo lo que pidamos en oración, creyendo, lo recibiremos, entonces, si yo oro de todo corazón para que Dios me libre de la enfermedad o la dificultad y no sucede nada ¿Qué pensaré? Pues que no tengo fe.

 

También, a veces solemos escuchar de otras personas, cuando nos aconsejan, que, si tenemos fe en Dios, Él nos puede librar en un instante de aquel problema o dificultad. Entonces nosotros, al ver que oramos y oramos y seguimos en la misma condición, ¿A qué conclusión vamos a llegar? Exacto, a que no tenemos fe.

 

La verdad es que Dios nunca nos prometió que viviríamos una vida libre de dificultades, de hecho, Cristo nos dijo que en el mundo tendríamos, no solo dificultades, si no también aflicciones (Jn. 16:33). Pablo también nos dice que padeceremos persecución (2 Tim. 3:12), y, de hecho, si lo llevamos un poco más allá, las verdaderas dificultades empiezan desde el momento en que el Espíritu Santo transforma nuestras vidas, pues es desde ese momento en que comenzamos a batallar contra los tres grandes enemigos del cristiano, la carne, el mundo y Satanás.

 

Pero hay algo que la palabra de Dios sí nos promete, Jesús nos dice en Mateo 28:20 que estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, ¡Qué maravilloso saber que siempre estará a nuestro lado! Las Escrituras nos dicen en Isaías 41:10 que no temamos ni desmayemos, porque Dios nos dará fuerza, ayuda y sustento, ¡Que grandioso saber que el creador del universo tiene cuidado de nosotros! Y, por último, escuchemos las palabras del salmista David, él dice, aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo, ¡Esa es la confianza que debemos tener en nuestro buen Pastor! (Sal. 23:4)

 

Entonces, ¿Qué podemos concluir? Que estés pasando por tiempos de adversidad y que estas no cesen no quiere decir que tú fe sea poca o nula, pues la fe no se determina por las circunstancias adversas que estés pasando, la fe se determina en que aun cuando estés atravesando la peor tormenta posible, tú fe en Cristo sigue intacta e inquebrantable, continúas creyendo en la fiel promesa de que Él estará contigo y te ayudará a pasar tú proceso.

 

Ahora, pensemos en la fe del Apóstol Pablo, su fe en Cristo y en el cuidado que Él tenía de él era tan grande, que él podía decir que sabía vivir en abundancia o en escasez (Fil. 4:12), pues su gozo no estaba en nada externo, su gozo estaba solamente en Cristo, por eso dice con toda confianza: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Fil. 4:13). Su seguridad en Cristo era tan inmensa, que podía decir que, para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia (Fil. 1:21), e incluso hoy podría decir que, si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos, sea que vivamos o muramos, del Señor somos (Ro. 14:8) ¡Cuán grande es su fe!

 

Entonces, a través del ejemplo del Apóstol Pablo, también podemos decir que tú fe en momentos de adversidad no se trata de orar para que las cosas cambien, pues si nada cambia comenzarás a dudar de tú fe en Cristo, o más aún, empezarás a dudar de Dios mismo. Más bien se trata de orar para que, en medio de la adversidad, podamos sufrir bien, con sufrir bien me refiero a que a pesar de todo lo malo que estés pasando, Cristo sigue siendo el centro de tú vida, a pesar que tú barca tambalee e incluso se hunda, mantienes tú fe en Cristo intacta, a pesar que la tormenta no cese día y noche, tú fe en Cristo es inquebrantable, ¡Esa es la fe que debemos tener!  

 

Por lo tanto, queridos hermanos y hermanas, en tiempos de adversidad ¡Mantengamos una fe inquebrantable en Cristo! Mantengamos una fe que vaya más allá de las circunstancias. El Señor nos ayude, solo a Él sea la gloria.

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