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Simón Pedro...
“Creciendo junto al
Maestro”

“Entonces (Jesús)vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; más lo entenderás después Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos.”

 San Juan capítulo 13, versos 6 -10 (RV 1960) 

Al leer la Biblia nos asombrarnos con la figura de grandes hombres y mujeres de Dios, como por ejemplo el apóstol Pedro, ya que si tomamos en cuenta que incluso los enfermos lo esperaban cuando pasaba para recibir del bien de Dios a través de su sombra, es fácil olvidarse que incluso personas como él tuvieron aciertos y desaciertos en su caminar junto a Jesús, experiencias reveladoras y otras en las que el Maestro tuvo que reprenderlo, incluso Pedro llegó a pensar, luego de la muerte de Jesucristo, que ya todo se había acabado, y volvió atrás, tal y como cuando Jesús lo había encontrado pescando en el mar de Galilea, pero a pesar de todo, el maestro nunca se olvidó de él y fue hasta allá a buscarlo nuevamente para cumplir el propósito de su llamado. 

Cuando comenzamos en el camino del Evangelio, siguiendo al Señor Jesús, es importante entender que en el comienzo siempre adoleceremos de las herramientas necesarias para servir como nos gustaría en el Reino, sentimos el llamado de parte de Dios, y tenemos el ánimo y la voluntad de servir, en varias momentos tendremos victorias, sin embargo en otros también derrotas y puede ser que hasta el desánimo llegue a nuestras vidas, pero la invitación del Maestro es a levantarse y seguir a delante, porque si Dios no dejó de creer en el potencial y en el propósito de Pedro para la iglesia de su época e incluso para la iglesia de nuestra época, tampoco ha dejado de creer en nosotros y en el propósito que tiene para nuestras vidas. 
 

Simón Pedro era originario de Betsaida, de una edad similar a la de Jesús, jóvenes para su tiempo, pescador de oficio junto a parte de su familia, sobre su vida familiar sabemos que el papá de Pedro se llamaba Jonás, su hermano era Andrés, Pedro estaba casado y su suegra vivía con ellos. No sabemos mucho de su esposa, solo que lo acompañaba en sus viajes. Pedro conoció a Jesús por medio de su hermano Andrés, quien por esos días era seguidor de Juan el Bautista, y al coincidir Jesús con ellos, junto al mar de Galilea, lo llama para que ya no sea un pescador cualquiera, sino que ahora sería pescador de hombres, y es así como se transforma en uno de los 12 discípulos de Jesús. 

Pedro era tosco, no tenía estudios ni preparación, sin embargo, Jesús lo escogió como su discípulo, pues vio su gran potencial. Compartieron por poco más de tres años. Su apariencia y temperamento infundían respeto, pues era un hombre de convicciones firmes. Se puede decir que era el líder de los apóstoles, pues tomaba la iniciativa cuando los demás permanecían quietos o callados. A veces este atrevimiento y su carácter impulsivo le jugaban en contra, al punto de llegar a ser reprendido por Jesús en más de una vez. 

Es fascinante leer las experiencias vividas por el apóstol Pedro y encontrar algo familiar en cada una de ellas, es muy práctico ver las reacciones del apóstol, el cómo se condujo en las distintas situaciones que le tocó vivir y ver reflejado en ellas nuestro propio caminar en el evangelio. 

Así como Pedro todos debemos tener un comienzo al seguir a Jesús, es extraordinario saberse escogido y redimido por Dios para una salvación tan grande, sin embargo, si hay algo seguro es que al inicio siempre necesitaremos que Dios a través de su Espíritu nos vaya capacitando para el trabajo en el Reino, el entusiasmo y la impulsividad no bastan para servir a Dios, es necesario crecer en la gracia y en los dones que mediante su Espíritu Dios va dando a las personas que han depositado en él su fe y su confianza, y que andan en sus caminos. 
 

En nuestros primeros pasos en Cristo, en nuestra juventud en el caminar del evangelio, independiente de nuestra edad terrena, cuando nuestras hormonas espirituales están funcionando a tope, y en ocasiones hasta más rápido que nuestra mente, cuando queremos hacer de todo, funcionar en todos lados, ir a todas partes no importando si tenemos las herramientas espirituales o no, cuando nuestra intensión y voluntad es solo el poder estar y participar, nuestra inexperiencia y falta de dones necesarios para cualquier tipo de situación espiritual nos llevará a cometer errores, cosa normal cuando comenzamos cualquier empresa en nuestras vidas, pero de suma importancia cuando se trata de nuestra relación con Jesús que trasciende los umbrales de la muerte, los inicios siempre son de cuidado, pero el ímpetu y las ganas de servir sin medir los alcances de nuestras intervenciones impiden que tengamos ese cuidado, y algo que hicimos o dijimos, y que no ha estado bien, puede generar algún problema o roce en nuestra relación con Dios y/o con nuestros hermanos. 

En el párrafo bíblico descrito al principio podemos ver una de las experiencias vividas por el apóstol Pedro y su Maestro, unos momentos antes de que Jesús fuera entregado ante las autoridades para su crucifixión, Pedro ya había vivido varias situaciones junto a Jesús que demostraban que era una persona aún inmadura espiritualmente, que pasaba por muchas emociones y sentimientos que nublaban su juicio, que iba muy rápidamente de un extremo a otro en su vida, lo que le provocó más de alguna reprensión por parte de su Maestro. En una ocasión podemos ver cómo le pide a Jesús que mandara a que él también caminara sobre las aguas, tal como lo estaba haciendo Cristo en medio de la noche y la tempestad, Jesús accede y Pedro lleno de confianza baja de la barca y camina hacia Jesús, un momento extraordinario, un hombre natural realizando algo sobrenatural, sin embargo al poco andar ese mismo entusiasmo que lo llevó a caminar sobre las aguas lo traiciona y lo hace perder la fé, quita la mirada de Jesús y acto seguido lo vemos gritando "¡Señor, sálvame!" (Mateo 14:28-30), Jesús le reprocha el haber dudado, demostrando su inmadurez en lo que a su fé se refiere. 

Un momento dichosos vivido por Pedro fue cuando confiesa que Jesús es el mesías, el hijo de Dios (Mateo 16:16), y es animado por su maestro diciéndole que ha recibido esta revelación desde el mismo cielo, sin embargo, más tarde tiene que ser reprendido ya que no quería que Jesús fuese a Jerusalén por el miedo a ser apresado (Mateo 16:22), y Cristo le responde de manera enérgica “apártate de mí Satanás”, entendiendo que en ese momento su falta de fé le había abierto la puerta al enemigo tomando dominio de sus sentimientos, sus miedos y de sus palabras. 

Ahora bien, en el evangelio de Juan (Juan 13:6-10) se nos relata esta situación vivida por Jesús y Pedro, y es en donde de manera más gráfica podemos ver como la inexperiencia y la falta de aplomo espiritual pueden hacer que una persona, en sus comienzos, y a veces con algunos años en el evangelio también, como hijo(a) de Dios puede ir de un extremo a otro, llevado como una hoja por el viento de sus emociones y sentimientos, haciendo que cometa errores de los cuales incluso puedan hacer que perdamos la bendición de Dios hacia nuestras vidas, Jesús antes de ser entregado tiene que darles una lección más a sus discípulos, entonces toma una toalla y un lebrillo con agua y comienza a lavar los pies de sus discípulos, no sabemos si Pedro fue el primero, pero si fue el que dijo algo al respecto, no podía ser de otra manera, ya que como podía permitir que su Maestro, el Cristo a quien él había confesado como el hijo del Dios viviente le lavara los pies?, la idea, como judío que era, de que el Mesías, el Redentor se humille de esa manera le parecía inentendible, ya que según su lógica alguno de ellos le debía lavar los pies a su Maestro, Jesús le explica que lo que está sucediendo él no lo entiende ahora, pero lo entenderá más tarde, pero eso no amilana el carácter y lo que Pedro estaba sintiendo en ese momento y le responde con una frase enérgica: “Señor tú no me lavarás los pies jamás”. No podemos dudar que Pedro actúo movido por el respeto hacia su Maestro, lo cual es natural, pero lamentablemente eso iba en contra de los deseos de Jesús, y mucho más seguido de lo quisiéramos, esta es nuestra experiencia en que queremos hacer muchas cosas para el Señor o encontramos que otras no se están haciendo bien, pero se nos olvida escuchar lo que él nos dice al respecto. 

La respuesta de Jesús no se hizo esperar y fue aún más tajante que lo que le había dicho Pedro, “(Jesús) Si no te lavare los pies no tendrás parte conmigo”, y aquí queda de manifiesto lo volátil de la naturaleza humana sin la paciencia, sin el dominio propio o la mansedumbre que entrega el Espíritu Santo a la vida del creyente, ya que hace unos segundos Pedro no quería que Jesús le lavara los pies, esa era su posición, pero al conocer la respuesta del Maestro cambia completamente su posición y su pensamiento y ahora no solamente quiere que Jesús le lave los pies, sino que le pide que además le lave las manos y la cabeza, Pedro se fue al otro extremo, podríamos decir que ahora sí que Pedro va por el camino correcto y tuvo un acierto frente a su Maestro, sin embargo la lectura bíblica nos señala que en esta situación Cristo Jesús no buscaba ninguno de los dos extremos en cuanto a la posición de los discípulos, o en este caso de Pedro, en lo referente al lavado de Pies, ni tampoco opiniones ni confesiones de parte de ellos, solo quería que aceptaran su voluntad, porque lo que él estaba haciendo era una figura de la necesidad de limpieza espiritual que todos los seres humanos pecadores tenemos a través de la sangre que él estaba a punto de verter en la cruz, y vemos como Pedro también se equivoca en su pedido de ser lavado casi por completo, ya que la respuesta del Maestro es que ellos están limpios, en referencia a su sacrificio, menos uno haciendo alusión a Judas, quién ya conspiraba para entregarle. 

Pero sin lugar a dudas una de las experiencias más tristes y que más marcó a Pedro sería cuando en la misma noche del arresto de Jesús él está prometiéndole que jamás se iba a escandalizar de él y que estaría con él incluso si debía llegar hasta la muerte (Mateo 26:33 -35), nobles palabras para uno de los seguidores más connotados de Jesús, sin embargo, pero a las pocas horas en el jardín de Getsemaní cuando Jesús iba a ser arrestado Pedro trata de cumplir su promesa y con una espada le corta la oreja a uno de los que apresaban a Jesús con el afán de defenderlo, el maestro le dice que guarde su espada porque esa no era la forma, pero vemos que Pedro trató de no dejar a su maestro, estuvo ahí y quiso ayudar, sin embargo esa determinación dura muy poco, ya que al ser confrontado por una sirvienta en el patio de donde estaba siendo interrogado Jesús, el niega cualquier relación con ese hombre, y no solo una vez, sino que lo hace tres veces hasta que el gallo cantó, luego durante el martirio y muerte de Cristo, de Pedro no se sabe mucho, hasta que Jesús ya resucitado, lo va a buscar al mismo lugar donde lo encontró, talvez Pedro quiso olvidar el propósito que Jesús le entregó cuando lo llamó la primera vez, y ahora estando mar adentro escucha el llamado del maestro desde la orilla, pronto se lanza al agua y nada a la orilla para ver a su maestro, y llegando a su lado guarda silencio, quizás esperando una reprensión o un reproche, sin embargo lo único que recibe es una invitación llena de amor a acercarse al fuego y comer algo, porque con esa acción Jesús le está entregando su amor y su perdón, cerrando y comenzando uno nuevo en la vida de Pedro. Así que aún cuando creamos que ya no hay oportunidad para nosotros, Dios tiene amor para entregarnos, porque él nunca ha dejado de creer en nosotros, ni en el propósito que tiene para nuestras vidas, y sabe perfectamente el potencial que tenemos para ser hijos y siervos suyo. 

Estas vivencias de Pedro nos sirven de paralelo para nuestro caminar, ya que muchas veces el entusiasmo e inexperiencia nos hacen vivir situaciones pueden ser hasta casi como una ofenda ante los ojos de Cristo, como la falta de fé o de constancia en el camino del evangelio, y en otras ocasiones puede ser la imprudencia en el trabajo en la obra de Dios, pero estas no son más que etapas que debemos pasar para crecer en la fé y así poder ser mejores para Dios. Así como Pedro nosotros necesitamos vivir experiencias que nos hagan madurar y afirmar nuestros pasos en la fé, independiente de la edad en que comencemos en el camino del Señor siempre será necesario pasar por la misma escuela del discipulado que Pedro para poder crecer en la fé, fortalecer la confianza y ser mejores discípulos de Jesús, podremos tener muchas carencias, adolecer de muchas cosas, pasar por períodos en que defraudemos a nuestro Maestro, pero lo cierto y seguro es que él sigue empeñado en completar la obra que comenzó en nosotros. 

Quizás hay errores que creamos que Dios no nos perdone y hasta pensemos hasta aquí llego todo, sin embargo, en la experiencias más duras del apóstol Pedro cuando incluso él se volvió atrás, a sus inicios en el mar de galilea, Jesús no lo dejó solo, sino que lo fue a buscar, Y así como a él, el Maestro nos espera para ofrecernos siempre su perdón y amor, Dios no ha dicho la última palabra y así como a Pedro nos sigue buscando con amor, esperándonos con comida a la orilla del mar de nuestro abatimiento y frustración, pero no para reprocharnos ni tampoco para pedirnos explicaciones, sino que solo quiere que tengamos fé en lo que podemos ser y hacer bajo su voluntad perfecta. 

Nuestra juventud tanto terrena como espiritual, nos puede llevar a cometer errores que nos hacen pensar que Jesús podría cansarse de nosotros, pero cuan distinta es la realidad ya que si Dios nos ha traído a sus caminos es para perfeccionar la buena obra que ha comenzado en nuestras vidas. Una fé inmadura, el ser precipitados, irreflexivos e impulsivos difícilmente puede honrar a Dios, Pedro lo tuvo que aprender, y nosotros también tendremos que hacerlo. Siempre es necesario ir madurando en lo espiritual, y crecer en la gracia que es en Cristo Jesús, para ser transformados en siervos útiles en la obra de Dios, sin los vaivenes espirituales que muchas veces experimentan quienes no se han consolidado en el camino del Señor Jesús, debemos entender que no fuimos escogidos porque fuéramos perfectos, sino que a pesar de nuestras imperfecciones, y mediante el conocimiento y la práctica de la verdad, y por medio de la gracia de Cristo Jesús, podemos ser transformados a su imagen. 

Hitos a reafirmar... 

Dejarse moldear...

Repasar lo que es dejarse trabajar nuestro carácter... 

Ver culturalmente lo que Pedro pensaba al no dejarse lavar los pies... 

No importa la edad física, muchas veces somos inmaduros espiritualmente... 

Lo que no comprendas ahora lo comprenderás después... 

Alentémonos, porque el que comenzó la buena obra la terminará...  

No podemos ser cristianos emocionales, porque siempre nuestro servicio a Dios dependerá de los vaivenes terrenales, en cambio nuestro servicio siempre debe ser por la gratitud por lo que Jesús ya hizo por nosotros... 

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