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La Revelación de Dios

La palabra “revelación” es de origen latino y significa “develación”. Es la traducción de la palabra griega apokalypsis. Así que ordinariamente la palabra «revelación» no se refiere a develar o hacer visible un objeto o una persona, sino a dar a conocer una verdad. Revelación en este sentido de la palabra puede ser en la forma de proposiciones, o en la de una experiencia de la cual es posible inferir la verdad. Por lo tanto, cuando hablamos de la doctrina de la revelación en la teología cristiana, es que Dios se ha dado a conocer al hombre así como las verdades pertinentes a sí mismo.

Por lo que si queremos conocer a Dios la revelación se hace indispensable por dos razones complementarias al hecho de que Dios haya determinado darse a conocer. Estas razones las debemos comprender y ser conscientes de ellas para la edificación de nuestra fe cristiana, por lo que las estudiaremos a continuación:

Somos seres creados: Dios, en el principio, creó… al ser humano (Gn. 1:1, 27). Estas primeras palabras de la Biblia expresan la diferencia entre Dios y la especie humana. Pues Dios como Creador existe libremente en forma independiente de nosotros; la criatura en cambio, depende totalmente de Dios para su existencia (el hombre y la mujer como “polvo” en Génesis 2:7; 3:19; Salmo 103:14). En consecuencia, Dios y el género humano pertenecen a diferentes categorías del ser. El término técnico para este tipo de distinción es ontológica; una distinción en el Ser.

Esta diferencia no es absoluta. Pues estamos hechos “a imagen de Dios”; Dios se comunica con nosotros (Gn. 1:28); Dios se hizo ser humano en el Señor Jesucristo (Jn. 1: 1, 14); Dios el Espíritu mora en los cristianos y los trae a una relación personal con Dios (Rom. 8:9-17). Todos estos factores confirman un grado de correspondencia entre Él y la humanidad. Sin embargo, hay todavía una profunda e irreducible diferencia.

Esta diferencia en el ser implica una diferencia en el conocer: ¿Quién conoce los pensamientos del ser humano sino su propio espíritu que está en él? Así mismo nadie conoce los pensamientos de Dios sino el Espíritu de Dios (1Cor. 2:11). Sólo Dios conoce verdaderamente a Dios y ya que Él es el creador y el Señor del ser humano, su conocimiento incluye nuestro conocimiento de nosotros mismos. (Salmo 139:2); pero nuestro conocimiento no incluye el conocimiento que Dios tiene de sí mismo. El término técnico para este tipo de distinción es epistemológica; una distinción en el conocer. En consecuencia, nuestra condición de seres creados, requiere que Dios se revele a sí mismo para así poder tener un adecuado conocimiento de Él.

Somos pecadores: nuestra necesidad de revelación se intensifica enormemente por causa de nuestro pecado. La caída ha afectado cada aspecto de nuestro ser, sobre todo nuestra percepción de las realidades espirituales y morales, pues el pecado nos vuelve espiritualmente ciegos e ignorantes de Dios (Rom. 1:18; 1 Cor. 1:21; 2 Cor. 4:4; Ef. 2:1; 4:18).

En consecuencia, no hay camino desde nuestra percepción intelectual y moral hacia un genuino conocimiento de Dios. El único acceso para llegar al conocimiento de Dios es que Él se sitúe voluntariamente dentro de nuestro campo de percepción y renueve nuestro caído entendimiento.

Por tanto, si queremos conocer a Dios y tener una base correcta para nuestra comprensión y experiencia cristiana, es indispensable la revelación.

Por lo que es relevante que observemos y consideremos lo que los teólogos distinguen en dos ramas principales de la revelación: la “general” y la “especial”. La revelación general es la revelación de Dios a todas las personas en todas partes. Tiene varias formas y características, pero observaremos dos de ellas, que son la creación y la experiencia moral.

La Creación: En Romanos 1:18-32, Pablo explica el juicio de Dios sobre el mundo gentil (los no judíos) de sus días. Dios los entregó (1:24, 26, 28) a las tendencias autodestructivas de su naturaleza caída porque a pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias… (1:21), sino que cambiaron la gloria del Dios inmortal… Cambiaron la verdad de Dios por la mentira… estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios (1:23, 25, 28). Este conocimiento perdido de Dios consistía en que reconocieran las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que Él creó…(1:20). Según eso, nadie tiene excusa (1:20). Esta revelación de Dios data desde la creación del mundo (1:20); en consecuencia, parece que Pablo ve el orden creado como la revelación de Dios a toda criatura para dar a conocer su eterno poder y deidad, lo que las obliga a reconocerlo, darle gloria y gracias (1:20).

La experiencia moral: Romanos 2:14 afirma que cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen por naturaleza lo que la ley exige, muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan. Es decir, que los conflictos de la conciencia humana se relacionan con los resultados del juicio final de Dios (Rom. 2:16; 1:32). Los profetas del Antiguo Testamento hablan con frecuencia de los justos juicios de Dios sobre las naciones gentiles, aunque estas naciones no habían conocido la ley del Antiguo Testamento (por ej., Jer. 46:51; Amós 1:6-2:3). El Nuevo Testamento reconoce que la conciencia no cristiana está calificada para juzgar la conducta general de los cristianos (por ej., 1 Tim 3:7; 2 Pedro 2:12). Efectivamente, el llamado moral del evangelio, su afirmación de que todos han pecado (Rom. 3:9-23), su llamado al arrepentimiento (Hch. 17:30), su interpretación de la obra de Cristo en términos morales (Rom. 3:21-26; 1 Cor. 15:3), todo supone una verdadera continuidad entre la experiencia moral universal y la del creyente; esto a su vez, implica cierta conciencia de la voluntad de Dios por parte de los no cristianos.
Estas citas bíblicas confirman el hecho de que Dios se ha revelado a todos en los conflictos de su experiencia moral. Ello no se invalida por las discrepancias entre los códigos morales humanos. Aunque Dios se revela a sí mismo en la conciencia del incrédulo, a causa de la caída, el conocimiento de la voluntad de Él que tienen los no cristianos de ninguna manera es perfecto. El pecado causa una torpeza moral que tuerce toda nuestra conciencia de Dios y de su voluntad. Los dictados de la conciencia de los incrédulos no son, en consecuencia, “la voz interior de Dios” en un sentido inequívoco. Nuestra idea limitada, pero esencial, es que “Dios no se ha dejado a sí mismo sin testimonio”; en todos los conflictos morales de la experiencia humana todos tenemos cierta conciencia de que el sentido de obligación de hacer el bien y rechazar el mal refleja la voluntad de un Señor supremo ante quien somos finalmente responsables.

De acuerdo a esto, ya que la revelación general no es suficiente, hace falta una revelación más completa y detallada. Si hemos de conocer a Dios “corresponde a Dios dar testimonio de sí mismo desde el cielo” (Juan Calvino). En resumen, la Biblia enseña claramente que “Dios no se dejó a sí mismo sin testimonio”. Nosotros vivimos en el mundo de Dios como criaturas de Dios; estamos en todo momento “ante el ojo de Dios” (Martín Lutero). A pesar de los efectos enceguecedores del pecado, no podemos alegar total desconocimiento de Él. Por medio de la revelación general, Dios ha manifestado a la humanidad algo de su naturaleza y sus propósitos.

Por otra parte, la revelación especial de Dios a los hombres, mencionada como una revelación completa y detallada, muestra las formas en que Dios se ha dado a conocer con una claridad y plenitud que van mucho más allá de la revelación general. Tiene por centro el milagro de la encarnación y se expresa por medio de las palabras divinamente inspiradas de la Biblia. En consecuencia, la revelación especial asume más de una forma, de las cuales veremos dos de ellas, que son la persona de Jesucristo y las sagradas escrituras.

Jesucristo: la forma suprema de la autorrevelación de Dios se dio cuando se encarnó en la persona de Cristo Jesús (Jn. 1: 1, 14). En este “gran milagro” (C. S. Lewis) Dios tendió un puente sobre la brecha que separaba al Creador de la criatura cuando Él mismo, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo, manifestándose como hombre (Fil. 2:7-8). En Jesucristo, Dios está presente en persona y su carácter y naturaleza esencial son revelados a nosotros… El que me ha visto a mí, ha visto al Padre (Jn. 14:9). Esta identidad del Padre e Hijo es decisiva en nuestro conocimiento de Dios. Jesús no es una imagen parcial o transitoria de Dios que necesita complementarse con otras imágenes y cuadros de otros lugares y de otros tiempos. Él es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que Él es (Heb. 1:3). En Jesucristo, nos confrontamos con el corazón eterno de Dios. Jesucristo es, por tanto, el centro y la cumbre de toda revelación divina.

Las sagradas escrituras: son definidas como las palabras que Dios transmite a sus criaturas (Jn. 10:35; Rom. 3:2; 2 Tim 3:16). Estas palabras fueron habladas y escritas originalmente a determinadas generaciones, pero por su divina providencia tienen vigencia para todas ellas (Hch. 7:38; Rom. 15:4; 1 Cor. 10:11). Siendo Cristo el Señor, la palabra encarnada, que se ha dado a conocer a todas las generaciones por medio de la Palabra escrita de Dios: la Biblia. Es así como debemos afirmar que conocer a Cristo es una realidad más rica que la simple familiaridad con las enseñanzas bíblicas acerca de Él, pero el Cristo que conocemos por la experiencia personal es el Cristo crucificado y resucitado del testimonio bíblico; no hay otro. Por lo tanto, la respuesta salvadora a Cristo envuelve el compromiso con Él en los términos del testimonio que de Cristo dan las escrituras.

A la inversa, la Palabra escrita no se puede separar de la Palabra encarnada. Solamente se puede interpretar correctamente la Biblia desde la perspectiva de una fe viva en Cristo, que es su tema central, la culminación y el objeto de toda la revelación bíblica de la persona y los propósitos de Dios.

De tal modo, que al ir ya concluyendo con este artículo, nos podemos dar cuenta que la revelación especial constituye un tremendo avance frente a la revelación general; es mucho más lo que se manifiesta de Dios por medio de la cruz de Cristo que por un cielo encendido de estrellas. Sin embargo, a causa de la naturaleza del ser humano, incluso la revelación especial en Cristo y las escrituras no es suficiente para darnos un pleno y satisfactorio conocimiento de Dios. Si Adán se hubiera mantenido “justo”, la revelación especial habría sido totalmente suficiente como lo era antes de la caída (Gn. 2:16). Sin embargo, las criaturas caídas tienen una tendencia inherente a resistir toda clase de revelación divina y a alejarse de ella. Muchos judíos de los tiempos de Jesús rechazaron tanto las escrituras (Mt. 15:6; 22:29) como a Cristo mismo (Jn. 19:15; Hch. 7), y todo testigo cristiano se lamenta por la misteriosa capacidad de las personas para resistir no sólo la revelación general de Dios en la naturaleza y en la conciencia, sino también la Palabra de Dios, escrita, encarnada y predicada. Detenemos o sofocamos la verdad de Dios (Rom. 1:18; 2 Cor. 4:4). Por lo tanto, si vamos a conocer verdaderamente a Dios, entonces la revelación debe redimir a la vez que informar, al mismo tiempo que enseñar.

Así que, solamente por la maravillosa gracia de Dios podemos apreciar que precisamente el carácter de la revelación en Cristo y las escrituras es registrar la progresiva revelación de Dios mismo y su plan de salvación para nosotros. Con el objetivo de que observemos que su centro o tema principal radica en la cruz donde Cristo murió por nuestros pecados (1 Cor. 15:3) para superar la barrera que nos impide conocer verdaderamente a Dios. Siendo el Espíritu Santo que hace efectiva la redención de Cristo, sometiendo nuestra voluntad rebelde y abriendo nuestros ojos ciegos para que podamos creer el evangelio y así permitirnos entrar al reino de Dios y conocerlo verdaderamente (Jn. 3:1; 15:26; 1 Ts. 1:5; Tito 3:5).

En resumen, la revelación de Dios tiene dos partes principales: una revelación general para todos, principalmente por medio de la naturaleza y la conciencia; y una revelación especial por medio de Cristo y las escrituras. Sin embargo, la revelación especial requiere una división más: que algunos rechazan, pero otros la reciben por el ministerio del Espíritu Santo, que les permite creer en Cristo. Por lo que en este caso final, podemos hablar de una verdadera revelación, la cual conduce al cristiano a un verdadero conocimiento de Dios, con el objetivo de que única y exclusivamente la persona de nuestro Dios trino sea exaltada y reconocida por siempre, como el Creador, Sustentador, Salvador y Rey de su Iglesia.