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La Autoridad Suprema de la Fe Cristiana

La autoridad es el derecho o el poder de exigir obediencia. Hay una crisis de autoridad generalizada en la sociedad contemporánea, donde la única autoridad aceptable para muchos es la que conscientemente se imponen a sí mismos.

Desde la perspectiva de la fe cristiana Dios tiene todo el derecho y el poder de exigir obediencia porque es el Creador y el Señor de todos. ¿No sabéis? ¿No habéis oído? ¿Nunca os lo han dicho desde el principio? ¿No habéis sido enseñados desde que la tierra se fundó? Él está sentado sobre el círculo de la tierra, cuyos moradores son como langostas; él extiende los cielos como una cortina, los despliega como una tienda para morar. Él convierte en nada a los poderosos, y a los que gobiernan la tierra hace como cosa vana. Isaías 40:21-23. Por lo que tristemente para muchos, la autoridad de Dios no significa hacer lo que queramos y dominar el mundo.

Cuando las instrucciones del Señor son específicas, es nuestra obligación obedecerlas al pie de la letra. No hacerlo así, significa simplemente desobedecer. El libro de Números Capítulo 20 nos dice que en el año en que murió Miriam, el pueblo acampó en Cades, y para variar, empezó a quejarse de que no había frutas para alimentarse ni agua para beber. Me llama la atención que esta vez el Señor le dijo a Moisés que llevará la vara, pero que solo hablara a la roca y de esta saldría agua. Yo no sé si por coraje o por el sentimiento de haber perdido a Miriam o también es posible que recordara que la primera vez se le había ordenado golpear la roca y pensó que era absurdo hablarle a algo inanimado o quizás por qué otra causa; el caso es que Moisés no le habló a la roca, sino que, gritándole al pueblo que ellos les darían de beber, no Dios, sino ellos, golpeó la roca dos veces y de ella salieron chorros de agua. El propósito sí se cumplió, pues hubo agua para que el pueblo y los animales bebieran, pero allí, en un momento, Moisés perdió la mayor bendición que habría tenido. Ya no pudo ser él quien introdujera al pueblo a la tierra prometida, pues Dios perdona, pero no tolera desobediencias, ni comparte su gloria con nadie.

“Sé lo que Dios piensa de esto, pero no siento ninguna obligación de adecuarme a ello” es un sentimiento que ningún verdadero cristiano comparte. Podrán desobedecer la voluntad de Dios, incluso deliberadamente, pero siempre en contra de su propio entendimiento de lo que le corresponde. Su posterior mala conciencia le será un testimonio de que la autoridad de Dios todavía funciona y sigue siendo reconocida. La autoridad reside en Dios.

Cuando el cristiano capta este principio fundamental, el asunto de la autoridad se convierte en el problema práctico de encontrar la voluntad y el pensamiento de Dios con respecto a cualquier asunto. Pero ¿Cómo encontramos a Dios y descubrimos su voluntad y su pensamiento? Más exactamente, ¿ha provisto Él alguna fuente desde la cual podamos llegar a su verdad y ponernos bajo su autoridad?

Los cristianos a través de los siglos han apelado a una variedad de voces como fuentes de autoridad decisiva, como por ejemplo:

Los credos: son resúmenes de la verdad cristiana que se produjeron en los primeros siglos para afirmar la esencia de la fe en tiempos de confusión teológica.

Las confesiones históricas: son declaraciones de la fe cristiana pertenecen al período de la Reforma y años posteriores, por ejemplo, los 39 artículos (1571) y la confesión de Westminster (1647). Son mucho más completas que los credos, pero tampoco sirven como autoridad suprema, porque básicamente se trata de “declaraciones parciales” que reflejan puntos de vista de una rama de la Iglesia Universal.

El pensamiento de la Iglesia: es un consenso cristiano que es sumamente difícil de concretar, ya que se escucha la opinión de los teólogos, el clero, las comisiones eclesiásticas y la opinión laica común, en cuanto al conocimiento de la voluntad de Dios. Por lo tanto, si este pensamiento es nuestra autoridad fundamental, cualquier conflicto de opinión evidencia inconsistencia e inestabilidad, pues un argumento desarrollado desde opiniones humanas siempre va a presentar fallas y por lo tanto no presenta ninguna autoridad.

La experiencia cristiana: este enfoque comienza con la experiencia humana concreta acerca de Dios y trata de identificar las doctrinas expresadas mediante esa experiencia. Muchos teólogos influyentes del siglo XIX siguieron este camino, pero tienen dos grandes dificultades. En nuestra experiencia de Dios, a veces tenemos que distinguir entre la verdad objetiva acerca de Dios, y nuestras propias opiniones subjetivas, limitadas y torcidas. Esta dificultad depende del hecho de ser criaturas caídas con mentes caídas. También limita la verdad cristiana, quitándole todo lo que está más allá de nuestra experiencia inmediata, por ejemplo, la doctrina de la Trinidad.

La razón cristiana: este punto de vista afirma que la verdad cristiana consiste en lo que podemos demostrar acerca de Dios mediante el razonamiento lógico, y tiene sus seguidores desde el siglo III. Pocos excluirían realmente las consideraciones racionales al formular la verdad cristiana; pero de todos modos no sirve como autoridad esencial. La percepción de la verdad de la humanidad caída, especialmente en la esfera moral y espiritual, está severamente limitada: la mente de la criatura no puede abarcar al Creador; y este enfoque nunca puede captar la vitalidad de la religión bíblica auténtica.

La “voz interior”: algunos afirman que Dios habla directamente en las profundidades de la conciencia, y que esta “voz interior” es la fuente máxima de autoridad. Esta idea se halla bastante generalizada en la actualidad, y frecuentemente se interpreta como la influencia del Espíritu Santo. Desde luego, incluye un elemento de verdad: el Espíritu Santo cumple un papel fundamental en la comprensión cristiana de la autoridad, pero obra esencialmente por medio de las Escrituras. Cualquier afirmación específica sobre esta influencia debe tratarse con escepticismo instintivo si no hace referencia a la Palabra escrita de Dios y recibe confirmación por la experiencia de la iglesia.

La fuente suprema: ninguna de las fuentes mencionadas es adecuada para señalarnos la voluntad de Dios y ser la fuente autoritativa de la verdad cristiana, pero cada una contribuye. Los credos, las confesiones y el “pensamiento de la iglesia” afirman nuestro lugar en la antigua y universal Iglesia de Jesucristo. Su testimonio ha de tenerse en cuenta. La experiencia cristiana nos recuerda que la doctrina nunca es puramente intelectual, mientras que la razón cristiana insiste en que expresemos la doctrina de acuerdo con nuestras formas humanas de comunicación. Sin embargo, la fuente primordial de autoridad es el mismo Dios trino, como se nos da a conocer a través de las palabras de la Biblia. Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Mateo 28:18. Esto combina tres verdades:

I. Dios ha tomado la iniciativa. Aprendemos de Él y nos sometemos a su autoridad directa por su decisión de darse a conocer a sí mismo y a su voluntad. Este proceso se denomina “revelación”.

II. Dios mismo ha venido a nosotros en Jesucristo, el Dios-hombre. Como Palabra y Sabiduría eterna de Dios, Jesucristo es el mediador de todo nuestro conocimiento de Dios (Jn. 1:1; 1:6–9; 1 Cor. 1:30; Col. 2:3; Ap. 19:13).

III. Nuestro conocimiento de Dios viene por medio de la Biblia (Rom. 10:17). Él ha determinado que se escribiera, y a través de ella nos habla hoy como habló a su gente cuando se expresaron originalmente esas palabras. Debemos recibir la Biblia como las palabras de Dios para nosotros y reverenciarla y obedecerla como tal. A medida que nos sometemos a su autoridad, nos ponemos bajo la autoridad del Dios vivo, que se nos da a conocer principalmente en Jesucristo. Esta declaración concisa sobre la fuente máxima de autoridad se ampliará más adelante, en los siguientes artículos correspondientes a este mes, donde celebramos y reconocemos de forma especial el libro de Dios profundizando en lo que nuestro Dios ha querido y decidido comunicarnos acerca de su revelación, con el objetivo de que amemos, valoremos y honremos su nombre y seamos edificados por su verdad.